(Puede contener spoilers)

La revolución de Buried proviene de su apartado técnico. Que es la primera película cuya acción transcurre íntegramente en el interior de un cajón de menos de dos metros de alto por medio de ancho. Que la loable tarea del realizador Rodrigo Cortés supone una apertura hacia nuevas metas y modos. Y todos los comentarios generados, o la mayor parte de ellos, están destinados a sustentar (o desmontar) la fuerza de esta premisa, a admirar el ritmo constante, in crescendo; la lograda sensación de angustia y opresión; la sorprendente y portentosa actuación del musculado Ryan Reynolds.
Pero poco he leído acerca de lo válido y visceral del libreto, obra de Chris Sparling, que desde luego no es revolucionario en lo que a contenido político y de denuncia se refiere (sobre todo en un terreno tan pisado como es el contexto de Irak), pero que es el verdadero sustento de la película y único medio para hacer que todo lo anterior funcione.
La fuerza de Buried radica en la empatía creada en torno al protagonista. El espectador se pone en la piel de Paul Conroy con una facilidad inusitada, y al igual que él, se siente indefenso, impotente, a merced de las personas equivocadas. La confusión, la sospecha ante cualquier fuente de información, el estado de paranoia, son fases por las que la mayor parte de nosotros pasamos sin la necesidad de entrar en la caja de madera que atrapa al protagonista.
La capacidad para provocar reacción ante las injusticias ha ido desapareciendo a medida que nuestra resignación y convencimiento de incapacidad se ha ido implantando a través de bombardeo dañino y malintencionado. Ante esto, la propuesta de Sparling es tremendamente efectiva, pues el final es tan destructivo como la realidad misma, y perder de esa forma a la persona con la que hemos conectado íntimamente (último contacto con una esposa compasiva y desesperada, nada que legarle al hijo ausente en un triste intento de testamento, últimas palabras con una madre enferma que no te reconoce ni puede), es demasiado difícil de aceptar. Pues Paul Conroy es uno más. Engañado, manipulado, abandonado. Sólo uno más. Sacrificable.
La revolución de Buried, como hemos dicho, es técnica, pero el trasfondo político es novedoso por radicalizado y necesitado. Porque pone al espectador en verdadera posición de jaque, en estado de alerta ante el abuso indiscriminado, ante el exacerbado poder, cuya última preocupación es velar por el bienestar de cualquiera de nosotros.


























Thomas es el encargado de abrir la función. Ya he mencionado la escena con que arranca la temporada, genial e impactante, que por desgracia se diluye en un episodio dedicado al personaje más dulce de esta generación. No pienso que el 4x01 sea un mal episodio, pero el contraste entre el impresionante comienzo y el posterior desarrollo del capítulo, muy lento, puede confundir al espectador. Thomas es una de las víctimas de esta segunda generación, pues Cook, Effy y Naomi monopolizan casi todas las miradas gracias a su arrolladora personalidad y apabullante destructividad. No es de extrañar que personajes menos explosivos como el bueno de Thomas, pasen desapercibidos. Por suerte, la sabiduría de Skins nos ofrece la solución: un episodio centrado exclusivamente en el Congo Man, el único íntegra y naturalmente bueno de la pandilla, que tras un año en Bristol se ha contaminado de la superficialidad de las masas empastilladas y de las compañías venenosas que inevitablemente ha estado frecuentando. El episodio de Thomas es francamente bonito, el protagonista no entiende que ocurre a su alrededor, necesita algo que le recuerde a su hogar, y eso le lleva a cometer el error de acostarse con una preciosa chica de naturaleza africana; su rol de guía y salvador de la familia se está difuminando, y los garabatos de su hermana que lo retratan como un superhéroe, ahora resultan extraños e impropios. La escena final, con Thomas llorando en su nuevo hogar, es altamente conmovedora.
Emily tiene el episodio más triste, dentro de la tónica general de tristeza que impregna cada episodio; las escenas con Naomi, inevitablemente, presagian el fin y la tragedia, pese a la música de fiesta y el atuendo mariachi. Todo el capítulo está envuelto de un halo melancólico y oscuro, más potente a medida que se van descubriendo los siniestros secretos de la difunta Sophia, y que culminará en la escena más poética de la temporada, la lectura del cuaderno de Sophia, que estremece gracias al precioso motivo musical y también a la fantástica interpretación de Lily Loveless (Naomi), aunque sin desmerecer en nada a la de kathryn prescott (Emily).
El capítulo de Cook es un caso aparte. Sin abandonar el tono oscuro, indaga dentro del personaje, ofrece nuevas perspectivas e incluso se permite el lujo de ofrecer algún que otro momento desternillante (la patética escena de la madre tocando el bajo absolutamente pasada de vueltas es impagable). Cook, a quien hasta ahora había sido más fácil odiar que amar, se reconcilia con el público en un proceso de redención que va pasando por sus diferentes y naturales etapas a lo largo de todo el capítulo. La evolución del personaje es tal, y el trabajo de Jack O'Conell es tan realal y auténtico, que incluso la persona más opuesta puede llegar a sentirse con su dolor, un dolor genuino y triste que le hiere hasta en lo más hondo, un dolor del que es incapaz de escapar y al que combate como puede y a duras penas.